miércoles, 20 de febrero de 2013
Mi Historia de Zombies en Granada (3ª parte).
Ángel me sonrió dulcemente mientras acariciaba mis cabellos castaños. Mis ojos grisáceos brillaron cuando los de él se posaron en ellos.Mis labios formaron una leve sonrisa antes de acercarme a besarle.
Cuando el ascensor llegó arriba salimos de él. Habíamos subido dos niveles y ya estábamos en la superficie, dentro de una enorme nave. Justo en frente, junto a una gruesa puerta de hierro, había un grupo de muchachos vestidos de uniforme como el de Ángel hablando con dos militares armados, mientras estos le daban una arma a cada uno.
<>
Nos acercamos al grupo. Estaban ya todos: Iris, Tomás, Leo, Katia y Simón. Mi hermano Lucas estaba con ellos y con otro militar. Al llegar a donde estaban todos nos saludaron cálidamente como hacían siempre. Katia e Iris se acercaron a mí, me abrazaron muy fuerte y yo les devolví el abrazo. Era obvio que ambas estaban nerviosas por la misión que íbamos a llevar a cabo. Me separé de ellas y me volví hacia mi hermano, al que le dí un abrazo muy fuerte. El me dio un beso en el pelo y cuando me separé de él me sonrió para tranquilizarme. Le devolví la sonrisa y regresé junto a Ángel, que me cogió de la mano sin dejar de mirar al otro militar que estaba explicando algo,supongo, importante para que no cometiéramos ningún error al salir al exterior.
Yo no presté atención, mi mirada vagaba con mis pensamientos por las armas que mis compañeros llevaban.
Tomás e Iris tenían en las manos una G36; Katia y Simón llevaban una SPAS-15, mientras que a Leo le habían dado una ACR 6.8. Con lo negada que yo era me bastaba con un cuchillo y una pistola, porque seguro que antes de que yo apuntase a un zombie mis compañeros ya lo habrían masacrado.
Escuché de fondo mientras analizaba la nave como hablaban de a donde tenían que ir a recoger las katanas, las dagas y y algunas hachas. De repente oí como Tomás decía que algo iba a ser muy chungo y le miré para atender, por primera vez, a la conversación que debería haber escuchado desde un principio.
-¿Por qué está difícil recuperar tus armas?-preguntó el militar. Me había parecido escuchar que se llamaba Miguel.
-Bueno... Resulta que yo no soy de aquí de Armilla. Vivo por el Ventorrillo, y eso esta a tomar por el culo.
-No hay ningún problema- contestó mi hermano.- Cogeremos mi furgoneta e iremos a pillar tus armas.Venga, vamos.
Tomás y el militar asintieron y este último se dirigió hacia una furgoneta verde del ejercito que había al fondo de la nave, como por detrás del ascensor. Mientras, mi hermano se acercó a mí, puso sus manos en mis hombros y me miró directamente a los ojos.
-Ten mucho cuidado y concéntrate, que sé la capacidad de atención que tu tienes y no quiero ningún disgusto. Esto es muy peligroso y te he dejado salir con ellos porque me lo pediste y suplicaste, pero como me enteré de que pasa algo fuera del...
-Tranquilo- le corté.- No va a pasar nada, voy a estar bien, y no me distraeré como hago siempre. Te lo prometo- Vi la furgoneta verde acercarse y como los demás se terminaban de despedir de Tomás.-Ale, ya os tenéis que ir. Ten cuidado tu también.
Le dediqué una sonrisa antes de que asintiera, aunque no muy convencido de lo que le había dicho, y se alejará hacía la furgoneta. Me acerqué rápida a Tomás y le di un abrazo sonriendo.
-¡Mucha suerte!
-No me hace falta- bromeó este.
Di unos pasos atrás volviendo al grupo y observé a Tomás y a mi hermano subirse a la furgoneta: mi hermano de copiloto y Tomás en la parte trasera que iba sin techo. Se agachó a coger algo que había a sus pies y lo levantó para enseñárnoslo mientras se ponían en marcha hacia la puerta para salir. Había cogido un fusil de precisión y parecía gustarle como a un niño un juguete nuevo.
Todos vitoreamos a la furgoneta como despedida y muestra también de ánimos. Mi hermano y Miguel asomaron las manos para despedirse al llegar a la puerta, donde otro militar que la vigilaba les despidió. Nos acercamos a él una vez el vehículo hubo desaparecido. La puerta aun quedaba abierta.
El militar nos miró y se acercó.Cuando llegamos a su posición nos habló con un tono amable.
-Vosotros sois el grupo que saldrá de misión al exterior, ¿no?- dijo el muchacho.- Yo soy Borja. Estaría encantado de acompañaros pero los que estamos aquí tenemos que vigilar más. Recordareis bien el incidente de la semana pasada con aquellos chicos, ¿verdad?
Todos afirmamos. Yo lo hice con la cabeza.
Lo que ocurrió la semana pasada es la razón por la que nos confiscaron los cuchillos de supervivencia que al llegar al refugio-base nos dieron con la ropa. Dos chicos comenzaron una pelea en el comedor. Empezaron dándose voces y cuando iban a pasar a las manos uno de ellos recordó que llevaba encima su cuchillo, y antes de que pudieran evitarlo los militares apuñaló al otro chico varias veces. Cuando los militares se acercaron a ambos, no dudó en lanzarse con su cuchillo contra uno de ellos, así que no tardaron en disparle.
Nosotros no le dimos mucha importancia al suceso ya que ambos eran canis. Como digo yo, si deciden matarse los unos a los otros, mejor para los demás.
-No se preocupe por eso, nos las apañaremos bien solos- afirmó Leo.
-Pero aun no estamos listos-dijo Ángel.-Nosotros necesitamos armas.
Borja nos miró a Ángel y a mí un instante. Asintió y se giró hacia otra furgoneta como la de mi hermano. Ángel y yo nos acercamos a él, levantó una tela verde que recubría la furgoneta y abrió un maletín. Sacó de él una RPD y se la entregó a Ángel, el cual se lo agradeció mientras se la colocaba a la espalda y cogia munición. Yo seguía sin decir palabra hasta que el militar se dirigió hacia mí.
-¿Tu tienes alguna petición en especial?-dijo sonriendo.
-No, una pistola me bastará...
-Mmm...- se giró hacia la furgoneta y abrió un maletín más pequeño.-De acuerdo. Toma. Mejor dos que una.
Me entregó dos Desert Eagle plateadas con el mango negro. Eran algo pesadas. Borja siguió hablando mientras yo admiraba mis armas pero tuve que guardármelas en unas fundas para el cinturón. Me dio también unas fundas de servicio SLS Antihurto de extracción rápida. Si no las hubiera guardado hubiera tenido la tentación de dispararle a algo, y no quería líos.
Diez minutos más tarde nos encontrábamos fuera, frente a una enorme puerta de hierro, armados y con bastante munición, y listos para salir a un mundo caótico.
Nos habían dado incluso unos guantes anticuchillo por si algún zombie se nos acercaba demasiado; una linterna táctica con alcance de 100 m y de 13 cm porque solo eran las 5: 40 h de la mañana y aun estaba oscuro, y un cuchillo de supervivencia como el que nos habían quitado hacía una semana.
Ahora estabamos preparados para mirar de frente al peligro y escupirle en la cara si era preciso.
<>
>>Continuará.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario